El árbol de Iriondo

Cuando era niño, casi todas las noches montaba en mi bicicleta y acompañaba a mis padres hasta una encina que crece junto a un viñedo, al pie de la carretera que une Fontanars dels Alforins con Villena. Muy cerca de casa, aquella ruta se convertía en un paseo mágico bajo la luz de la luna. A la encina la bautizamos como el árbol de Iriondo en recuerdo a un amigo entrañable de la familia, José Luis Iriondo Arregui. El padre José Luis, franciscano, pasaba algunos veranos con nosotros, y bajo su compañía aquel árbol adquirió un nombre y un significado especial.
Las noches vallbaidinas nos regalaban un cielo tachonado de estrellas, y caminar bajo ese firmamento era un auténtico privilegio, y bajo su compañía aquel árbol adquirió un nombre y un significado especial. Siempre después de cenar, para bajar la comida, salíamos juntos: mis padres a pie, mis hermanas correteando, yo pedaleando en mi bicicleta y los perros sueltos, campando a sus anchas. Entonces apenas circulaban coches por la carretera y no era peligroso salir por la noche de paseo. Hoy, en cambio, esa misma carretera se ha convertido es un río incesante de camiones y coches. Al llegar al árbol, a medio kilómetro de la finca, dábamos la vuelta para regresar a casa. El trayecto era corto, pero lo recuerdo con una ternura infinita, como un tesoro guardado en la memoria. La encina, vieja y centenaria, muestra un porte majestuoso. Sus troncos retorcidos, de formas caprichosas parecen esculpidos por el tiempo. Nunca fue podada ni tratada con productos, quizá por eso se mantiene intacta, altiva imperturbable ante los hombres y las estaciones. En verano ofrece la sombra más agradecida, perfecta para descansar unos minutos bajo la curva de sus ramas generosas. Los jabalíes acuden a menudo a su encuentro, atraídos por las bellotas. No hace mucho Jorge los vio a plena luz del día, atiborrándose de las bellotas que caen al suelo.

Comentarios