El guardián silencioso
En la pinada de casa hay un pino de porte imponente al que suelo abrazarme. Con los brazos no consigo rodear su enorme tronco, estoy seguro de que tiene más de cien años. Cuando lo abrazo, me trasmite una profunda tranquilidad y mucha paz. Justo lo que necesito en estos momentos.
A veces me paro ante él, solo para observarlo. Sus raíces medio desnudas se aferran a la tierra, firmes y resistentes, como testigos silenciosos del paso de los años.
El viento balancea sus ramas y el crujir de la madera resuena en lo alto de la copa.
Respiro hondo y levanto la mirada. Parece una escultura. Sus ramas, entrelazadas en lo alto, dibujan un techo natural que filtra la luz del sol. Se mantiene firme e impertérrito al paso de los años, y a mí, verlo así, me da fuerzas para seguir.
Testigo mudo de cientos de historias, ha resistido vendavales, lluvias torrenciales e inviernos fríos cubiertos de nieve.
Y, por un instante, el mundo se detiene.



Comentarios
Publicar un comentario