Chapapote

Hace unas semanas, poco antes de llegar al puerto de Ontinyent, un hedor insoportable se coló por la ventanilla del coche. El aire se volvió tan denso y nauseabundo que casi me hizo vomitar. No era estiércol. Ese olor, según me dijeron después, procedía del chapapote: un residuo oscuro y pestilente que procede de las depuradoras y que algunos agricultores utilizan como abono en sus campos. Por normativa, el estiércol y el purín deben enterrarse al día siguiente de su aplicación en las tierras de cultivo, y el agricultor que lo esparce está obligado a enterrarlo mediante arado de vertedera o similar. Sin embargo, muchas veces no se cumple lo establecido: o no se labra como toca, o la sustancia permanece en el campo más tiempo de lo permitido, generando molestias a los vecinos. Como los insumos agrícolas se han puesto por las nubes, y los costes de producción no paran de crecer haciendo inviables muchas explotaciones agrarias, muchos agricultores recurren a este residuo porque es una alternativa barata al abono tradicional. Hasta hace poco era gratis. Debería existir un control más estricto sobre el uso de este tipo de sustancias en la agricultura, analizando los materiales que lo componen y que salen de las depuradoras sin ningún control químico y que luego se vierten al campo. La aplicación de estiércol como materia orgánica resulta beneficiosa para el suelo, ya que mejora su estructura, retiene humedad y estimula la actividad microbiana. En cambio, con el chapapote la situación es muy distinta. Aunque algunos agricultores lo emplean pensando que aporta nutrientes, no hay evidencia clara de que contenga elementos que realmente beneficien la vitalidad del suelo. Es más, al ser un residuo de depuradora, puede introducir compuestos químicos o contaminantes que deterioren la calidad de la tierra en lugar de mejorarla. De igual manera que se hacen campañas contra la quema de restos de poda, apostando por la trituración- que para el agricultor supone un sobrecoste-, con el chapapote debería actuarse con el mismo rigor: inspecciones, sanciones y alternativas reales que no conviertan los campos en focos de malos olores y posibles riesgos para la salud. Existen denuncias por parte de vecinos afectados por estos malos olores que contaminan y perturban todo nuestro paisaje.Estos vertidos levan echándolos desde el verano hasta ahora, coincidiendo con el inicio de las siembras de cereal. A las molestias causadas por el hedor permanente se suma la proliferación de moscas pegajosas, que incrementan el malestar y afectan la salud y la convivencia diaria en la zona. El mundo rural no puede convertirse en el vertedero de lo urbano.

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