El sonido del campo
Caminar estos días por el campo es una auténtica maravilla. No solo por el verde intenso de las siembras o el despertar pausado del viñedo, sino por esa sinfonía natural que lo envuelve todo y que, sin darnos cuenta, marca el ritmo de la vida.
En los pinos cercanos se escucha el ulular de las palomas, especialmente inquietas en esta época de cría, revoloteando de rama en rama como si custodiaran el paisaje. Cada primavera regresa también un sonido inconfundible: el de la oropéndola, una pequeña ave de plumaje amarillo y negro, tan discreta como hermosa, cuyo canto parece anunciar que la estación ya está en su plenitud. Ayer mismo tuve la suerte de ver una pareja; año tras año vuelven, fieles, como si este lugar también fuera su hogar.
No menos singular es la abubilla, con su cresta elegante y sus tonos cálidos. Su canto rítmico es parte esencial de estos días, y además cumple una función silenciosa pero valiosa: combatir la procesionaria, esa plaga que tanto daño causa. La naturaleza, a su manera, siempre busca equilibrio.
Una vez me contaron que la tórtola turca es monógama y que, al perder a su pareja, guarda una especie de luto. Desde que escuché esa historia, no puedo evitar mirarlas de otra forma. Hay relatos que, sean ciertos o no, cambian la manera en que uno se relaciona con lo que le rodea.
Al caer la noche, el campo se transforma. Entonces aparece el sonido profundo y majestuoso del búho real. Desde mi habitación puedo escucharlo posarse en los pinos de la finca, probablemente al acecho de algún conejo o rata. Más de una vez he salido al balcón con el móvil para intentar grabarlo, como quien quiere atrapar un instante irrepetible. De todas las rapaces, es sin duda mi favorita, aunque también me impresiona el águila real, mucho más escasa por esta zona, donde es más habitual ver al águila perdicera surcando el cielo.
Durante el día, el cernícalo se hace omnipresente. Es común verlo suspendido en el aire, inmóvil, como si el tiempo se detuviera. Cuando labro la tierra, suele acercarse, aprovechando el movimiento para cazar insectos. Incluso desde la Conselleria realizan seguimientos de esta especie, lo que demuestra su importancia en el ecosistema.
Y entre todo ello, una multitud de pequeñas aves —jilgueros, verderoles, pinzones, lavanderas— aportan matices a este paisaje sonoro, convirtiéndolo en algo siempre cambiante y nunca repetido.
El campo no solo se contempla: se escucha, se respira, se siente. Y en ese conjunto de sonidos, a veces tan sutiles que pasan desapercibidos, se esconde una forma de paz que resulta difícil de encontrar en cualquier otro lugar.



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